sábado, 20 de junio de 2009

Los impuestos

La retranca española, que a veces tiene muy, pero que muy poquita gracia, y otras veces es para mearse, tiene cientos de chistes chorras con lo de los impuestos y la renta y casi siempre se refiere a ello con chunga y en negativo. Pero a mi parece que va siendo hora de presumir de pagar impuestos y de retirar el saludo a quien se escaquea de ello. Sobre todo si luego abre la boca para quejarse, un suponer, de la sanidad.
Viene esto a cuento de la banalidad con la que se critica por ambos lados la subida de los impuestos en gasolina y tabaco anunciado por el presidente Zapatero, y la facilidad con la que se hacen titulares más o menos llenos de mentirijillas.
Claro, que después de la supina estupidez de anular el impuesto de patrimonio que benefició al 1% de la población española y dejó al resto sin unos 1.800 millones de euros reconocidos por el gobierno, más o menos los que veníamos necesitando para la buena aplicación de la histórica Ley de la Dependencia, el debate sobre si es de derechas o de izquierdas subir o bajar los impuestos indirectos, pierde buena parte de su sentido. O una vez consultado el listado de subvenciones europeas para el olivo, que en España arrasan la Duquesa de Alba o la familia Domecq mientras las explotaciones familiares agrarias las pasan moradas y languidecen frente a las grandes explotaciones y frente a algunos listos amigos de la transgenia apoyados por cajas de ahorro y bancos. Los mismos bancos y cajas que niegan hipotecas a trabajadores y pequeñas empresas y se las conceden al Real Madrid para sus fichajes salvajes.
La literatura clásica sobre economía social solo reconoce como un impuesto equilibrado el de la renta: pagar al fondo común según los ingresos obtenidos. Luego, la afortunada creación de lo que hoy se llama políticas sociales, estableció que todo es matizable según los miembros que componen el núcleo familiar, la salud de estos y estas, su edad, el coste de la hipoteca, etc... Hablo de gratuidad en el transporte público, farmacia gratis para personas jubiladas, ayudas a las minusvalías, descuentos y subvenciones en viajes y estudios, becas (¡tan escasas!) o subvenciones a la creación como el cine o el teatro (aunque este pobre respira hace décadas en la UVI). Algo que fuera de Europa es una quimera.
Lo que pasa es que de radicales (o sea yo, por eso trabajo tan raro) es ir a la raíz. Y en la raíz de la cosa me parece que está hablar de la fiscalidad progresiva, que también es progresista, para no soportar que los impuestos no sean porcentuales, que las llamadas clases medias anden atosigadas, que los millonetis se descojonen de la miseria que les toca pagar o aun no tengamos una ley decente para el mecenazgo desde la piltrafa cutre que Aznar decretó, copiando malamente una que se trajo de EEUU y que ya ha sido modificada, y sin que las comunidades autónomas tengan las suyas al respecto. Y ahí, España suspende de plano.
Lo más fácil, supongo, es invocar la fácil y democrática obviedad que ganó hace una semana un concurso infantil convocado por Hacienda: “los impuestos son una sanidad digna, una educación universal y unos servicios públicos de calidad”. Hablar de la deficiente gestión y el mal uso ciudadano, ya es algo que igual nos viene grande.
O sea, que de izquierdas y justo es subir y bajar impuestos a la vez. Es decir, según la pasta que se maneje, de donde la consigas y qué se considera un derecho. Otra cosa son los ministros disociados que confunden los extremos porque nunca vieron Barrio Sésamo explicando arriba y abajo y creen que son de izquierdas cuando solo lo parecen, y la ciudadanía disociada que cree que fumar barato es un derecho. Yo a eso lo llamaría... ¿paranoia?
Publicada en El Periódico de Aragón el 20/o6/09